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Agubothe

El 12 de Noviembre del año 1914, en Berlín, nace un niño al que sus padres llamaron Zelig, cuyo nombre hace referencia a “el bendecido”. Sus padres biológicos no tenían recursos suficientes para mantener a otro hijo, puesto que ya tenían otros cuatro, así que dejaron al recién nacido en la puerta de un hogar para niños y abandonaron la ciudad. 
  La madre del bebé dejo en una canasta a su hijo, cobijado con una manta de fina seda color oro, y toco la puerta del orfanato. Una de las monjas del hogar tomo en sus brazos a Zelig y sin pensarlo dos veces lo llevo adentro, lo coloco en una cuna y rápidamente busco en la cocina un chupón para el pequeño. Las católicas no le cambiaron el nombre, que estaba en la manta de color oro. 
El niño vivió muy feliz, rodeado de gente que lo cuidaba y quería, pero en 1917 por los desastres de la primera gran guerra el orfanato se mudó a Múnich. En este nuevo hogar las monjas eran muy diferentes.  No cuidaron a Zelig como debían, no lo trataban como se merecía cualquier niño. No, nada de eso, en cambio lo maltrataban, lo bañaban con agua congelada,  lo hacían lavarles los pies y sobre todo no dejaban que jugara con otros niños. Lo excluían y maltrataban por razones que él no conocía.  
  A Zelig le encantaba leer, se escapaba unas horas del orfanato e iba a la biblioteca a descubrir nuevos mundos, muy extraños para él. El niño de tan solo 7 años se divertía mucho leyendo historias para niños, se amigó con la bibliotecaria, una mujer sola de 36 años. 
Una mañana después del desayuno, que para Zelig era un simple vaso de agua y pan duro, paso por el agujero del alambrado y escapo en dirección a la biblioteca, pero esta vez fue diferente, una de las monjas lo vio salir y fue tras de él. El niño camino hasta que llego a su lugar favorito en el mundo, pero se dio cuenta de que estaba cerrado, así que se dispuso a volver muy triste y desalentado. ¡De repente un brazo grande y fuerte toma al chico! -¿¡Que pasa!- Grito Zelig -¡Suélteme!- volvió a protestar. Para callarlo la monja le pego salvajemente una bofetada en la cabeza el niño y luego se lo llevo arrastrando hasta el orfanato, mientras que el pobre chico gritaba desesperado. 
  Semanas después del incidente a Zelig le llega una carta de su amiga la bibliotecaria que decía: 



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